El oro alcanzó un nuevo máximo histórico al superar los US$5,100 por onza en la jornada del lunes 26 de enero de 2026, impulsado por una demanda intensa de activos refugio. El movimiento llegó en medio de un entorno político y geopolítico más frágil, con inversionistas que ajustaron posiciones antes de la próxima decisión de política monetaria de la Reserva Federal de Estados Unidos.
La cotización al contado avanzó alrededor de 2.2% y tocó un pico intradía cerca de US$5,110.50 por onza. Los futuros en Estados Unidos también subieron en un rango similar. El rally no apareció de la nada: el metal encadenó récords en días recientes y ya acumula un alza de más de 18% en lo que va de 2026.
Detrás de la cifra redonda hay un mensaje claro del mercado: la cobertura contra sobresaltos volvió al centro de la mesa. La narrativa combina tensión internacional, incertidumbre comercial y señales de incomodidad con el rumbo político en Washington. Ese cóctel elevó la preferencia por el oro como reserva de valor, incluso con precios que hace poco habrían parecido extremos.
El salto también coincidió con un dólar más débil, presionado por movimientos en el mercado cambiario y por la cautela previa a la reunión de la Fed. Cuando el dólar pierde tracción, el oro suele ganar atractivo para compradores que operan en otras monedas. Esa relación no explica todo, pero sí acelera los tramos finales de un rally.
Los datos de mercado reflejaron la magnitud de la jornada. En plataformas de seguimiento, el rango del día para el oro frente al dólar se movió aproximadamente entre US$4,982.91 y US$5,111.11, con variaciones que muestran volatilidad y compras agresivas en rupturas de niveles.
El fenómeno no se limitó al oro. La sesión también empujó al alza a otros metales preciosos. La plata rebasó la zona de los US$107 por onza y marcó nuevos máximos, mientras el platino y el paladio también repuntaron con fuerza. Cuando el complejo de metales preciosos sube en bloque, el mercado suele estar diciendo que busca protección y liquidez, no sólo una apuesta direccional aislada.
Ahora bien, el oro no vive sólo de titulares. La base de demanda que lo sostiene lleva tiempo construyéndose, con bancos centrales como protagonistas. El Consejo Mundial del Oro reportó compras netas de 45 toneladas en noviembre y un acumulado de 297 toneladas en el año a noviembre, todavía elevado frente a promedios históricos recientes. Esa demanda institucional funciona como un piso psicológico: no compra por “trading”, compra por estrategia.
El mismo organismo ha documentado que más bancos centrales gestionan activamente sus reservas, y que la gestión de riesgos gana peso como motivación. Cuando el riesgo se convierte en argumento, el oro deja de pelear por atención y pasa a pelear por asignación. Esa transición importa, porque reduce la dependencia de flujos especulativos de corto plazo.
En paralelo, el mercado leyó señales de estrés político y comercial. Reuters citó comentarios de analistas que describen una “crisis de confianza” en activos de Estados Unidos, detonada por decisiones erráticas y amenazas arancelarias. Ese tipo de percepción mueve carteras globales, no sólo precios intradía.
La pregunta que muchos se hacen en este punto es sencilla: ¿qué tan sostenible resulta un oro por arriba de US$5,000? La respuesta exige matices. El precio puede corregir, porque los niveles actuales invitan a toma de utilidades. Pero el mercado también ha mostrado que compra las caídas con rapidez cuando persisten los factores de riesgo, sobre todo si el dólar no recupera fuerza y si la incertidumbre política se mantiene.
Desde una óptica minera, un oro en máximos transforma el tablero de inversión. Eleva márgenes en operaciones ya en marcha, acelera planes de expansión y vuelve más financiables proyectos que antes quedaban “en la raya” por costos. La minería aurífera responde con rezago, porque no enciende una mina como si fuera un interruptor. Aun así, el incentivo económico se vuelve evidente para empresas, gobiernos locales y proveedores.
En México, la lectura tiene dos capas. La primera es financiera: un oro caro tiende a fortalecer ingresos de productores y a mejorar la expectativa de flujo de caja, aunque el tipo de cambio y los costos en energía, reactivos y transporte definan el resultado final. La segunda es regulatoria y social: precios altos incrementan el interés por explorar y por extender vida de mina, pero también suben las exigencias de transparencia, trazabilidad y relación comunitaria.
El país conoce bien esa tensión. La minería suele concentrarse en regiones donde el empleo formal pesa, y donde la cadena de proveeduría sostiene economías locales completas. Con mejores precios, las empresas tienen más espacio para invertir en seguridad, capacitación y tecnologías de eficiencia hídrica y energética, dos rubros que ya no son “extras” reputacionales, sino condiciones para operar y financiarse.
Para el mercado global, el rally del oro deja otra señal: la diversificación se puso cara, pero no se volvió opcional. Cuando la incertidumbre política se mezcla con dudas sobre rutas comerciales y con volatilidad cambiaria, el oro funciona como un activo que no depende del flujo de caja de un emisor. Eso no lo convierte en una apuesta sin riesgo, pero sí explica por qué aparece cuando los portafolios buscan estabilidad.
El siguiente catalizador inmediato será la Reserva Federal. Si el mercado interpreta un giro hacia tasas más bajas o una Fed más cautelosa, el oro suele recibir impulso adicional. Si la Fed endurece el tono y el dólar repunta, el metal podría respirar. Aun así, el tono del año ya quedó marcado: el oro no sólo subió por moda, subió porque el riesgo se volvió tema central de inversión.

