El repunte del oro dejó de ser un simple termómetro del nerviosismo global y se convirtió en un salvavidas contable para Moscú. Mientras los gobiernos occidentales mantienen inmovilizadas reservas soberanas rusas en Europa, el metal precioso elevó el valor del oro que conserva el Banco de Rusia. Esa revalorización ya compite, por magnitud, con una parte relevante de los activos a los que Rusia perdió acceso tras la invasión a Ucrania.
Cálculos divulgados por Bloomberg señalan que el valor de las tenencias de oro del Banco de Rusia aumentó en más de 216,000 millones de dólares desde febrero de 2022. Ese incremento ocurrió sin que el banco central realizara compras masivas del metal y, además, sin que recurriera de forma amplia a esas reservas para enfrentar el choque de sanciones.
La comparación con el otro gran número de esta historia explica por qué el tema trasciende al mercado de metales. Un análisis del Parlamento Europeo estimó en febrero de 2024 que los países de la Unión Europea y otros socios del G7 tenían inmovilizados activos soberanos rusos por unos 260,000 millones de euros, y el total global podría acercarse a 300,000 millones de euros. Ese dinero congelado limita el margen de maniobra del Kremlin en divisas y bonos internacionales. El oro, en cambio, no requiere un custodio extranjero para existir como reserva.
El rally reciente ayuda a entender la velocidad del beneficio. Este 20 de enero de 2026, Reuters reportó que el oro marcó máximos históricos por arriba de 4,700 dólares la onza, impulsado por tensiones geopolíticas y una demanda clara de refugio. En octubre de 2025, el Consejo Mundial del Oro ya había documentado otro hito simbólico, cuando el metal alcanzó 4,000 dólares la onza tras una cadena de récords durante 2025. Con ese telón de fondo, la ganancia “sin mover una barra” resulta lógica: cuando el precio sube, el valor de una reserva existente también sube.
El matiz importante consiste en la utilidad real de ese aumento. ¿Puede el Banco de Rusia transformar esa valorización en poder financiero inmediato? La respuesta depende de liquidez, canales de comercio y de la disposición de terceros países a operar con oro ruso. El metal tiene aceptación universal, pero su monetización exige contrapartes, logística y, en algunos casos, opacidad operativa para evitar fricciones con sanciones.
Aun así, el oro ofrece ventajas que las divisas de reserva no pudieron ofrecerle a Rusia desde 2022. El metal no queda atrapado en un sistema de pagos específico, no depende de un emisor soberano, y no carga riesgo de contraparte cuando el país lo resguarda en su territorio. En un entorno donde los activos financieros pueden quedar bloqueados por decisiones políticas, el oro recupera un papel casi clásico en la arquitectura de reservas.
La propia evolución de las reservas rusas confirma esa tendencia de “refugio interno”. En noviembre de 2025, Reuters informó que las operaciones del banco central con oro iban en aumento, vinculadas a transacciones para el Fondo Nacional de Riqueza. En ese mismo reporte, Reuters señaló que las reservas de oro y divisas rondaban 720,000 millones de dólares, incluyendo activos congelados, y que el oro representaba más de 41% del total. Ese porcentaje sugiere una estrategia deliberada: elevar el peso de un activo que no depende, en teoría, del acceso a plazas financieras occidentales.
El impacto también se conecta con la economía real. Rusia sostiene una industria minera aurífera robusta, y su producción le ayuda a mantener un flujo de metal dentro del país. Los datos varían según metodología, pero varias estimaciones sitúan a Rusia como el segundo productor mundial de oro, detrás de China, con cifras cercanas a 300 a 330 toneladas anuales. Esa capacidad productiva refuerza una idea clave: el país no solo “tiene” oro en reservas, también puede seguir generándolo, incluso si enfrenta restricciones tecnológicas o comerciales.
Desde el ángulo de las sanciones, el mensaje resulta incómodo para quienes apostaron por un cerco financiero de largo plazo. Congelar activos golpea la liquidez externa y eleva los costos de transacción, pero no elimina la capacidad de acumular valor cuando el mercado premia activos como el oro. En términos estrictos, el rally no cancela el castigo de las sanciones. Rusia sigue con acceso limitado a mercados y a instrumentos financieros. Sin embargo, sí compensa una parte del daño patrimonial y le ofrece un amortiguador psicológico y contable.
Eso no significa que el oro sea una solución perfecta. El metal no paga intereses, y su precio puede corregir con fuerza si bajan las tensiones o si cambian las expectativas de tasas. Además, convertir reservas en gasto público exige ventas o canjes, y eso expone al país a presiones adicionales sobre rutas de comercialización. El propio manejo de reservas puede involucrar ventas netas en ciertos periodos, como sugirió Reuters al describir operaciones ligadas al Fondo Nacional de Riqueza.
Para el mercado global, el episodio reabre una discusión que ya circula en bancos centrales desde hace años: la diversificación fuera del dólar y del euro, y el atractivo de activos “apolíticos” cuando la geopolítica manda. El Consejo Mundial del Oro ha descrito cómo los factores que empujan al metal incluyen tensiones geopolíticas, debilidad del dólar y expectativas de recortes de tasas. En la práctica, esos factores también empujan a los bancos centrales a reconsiderar qué tan expuestos quieren estar a sanciones, litigios o bloqueos.
En América Latina, este debate no resulta ajeno. México vive del comercio global y del acceso a financiamiento en mercados profundos, por lo que el caso ruso no calca. Pero la región sí observa cómo cambian las reglas del juego cuando los conflictos se prolongan. Además, México figura como actor relevante en la minería aurífera y argentífera, con empresas que operan en ciclos de precios y costos cada vez más exigentes. Un oro caro suele traer más inversión a exploración y expansión, aunque también aumenta tensiones sociales si no se gestionan bien permisos, agua y seguridad.
En ese punto conviene separar dos planos. Uno habla del oro como reserva soberana y escudo financiero. El otro habla del oro como industria, empleo y cadena productiva. El rally actual, con máximos que Reuters ubicó por arriba de 4,700 dólares la onza, favorece márgenes y apoya proyectos que antes parecían finos. Aun así, los gobiernos también miran riesgos, porque precios altos atraen contrabando, elevan presiones regulatorias y endurecen la competencia por talento y equipos.
Rusia, por su parte, combina ambos planos en una misma narrativa: el metal como activo estratégico y como producto nacional. Esa combinación explica por qué el oro aparece cada vez más en la conversación sobre resiliencia económica rusa. El aumento de 216,000 millones de dólares en el valor de las reservas, en un periodo marcado por sanciones y guerra, alimenta un argumento que Moscú quiere posicionar: el país puede soportar un aislamiento parcial si conserva activos duros y cadenas internas de suministro.
Queda una pregunta incómoda para 2026: ¿la congelación de activos soberanos empujará a más países a refugiarse en el oro, acelerando un círculo donde el metal sube porque el riesgo sube, y el riesgo sube porque las finanzas se politizan? No hay una respuesta única. Lo que sí queda claro es que el oro volvió al centro del tablero, y Rusia ya cobró una parte importante de ese regreso.

