La mañana del 5 de enero de 2026, las pantallas en Londres marcaron un número que el mercado llevaba meses rondando sin terminar de tocar. El cobre alcanzó por primera vez los 13,000 dólares por tonelada en la Bolsa de Metales de Londres. La cotización subió hasta cerca de 13,020 dólares, y luego retrocedió hacia la zona de 12,500. Aun con ese ajuste, el mensaje quedó claro: el mercado abrió el año con nerviosismo y con una prima por disponibilidad inmediata.
El récord no llegó por un solo factor, ni por una simple ola de entusiasmo. El rally de 2025 ya había preparado el terreno. En la LME, el cobre cerró el año con una ganancia superior a 43%, su mejor desempeño anual desde 2009, y además lideró a los metales industriales de ese mercado. Ese antecedente cambió la psicología de los participantes. Muchos dejaron de esperar “la corrección” perfecta y empezaron a pagar por asegurar material.
La explicación de fondo combina oferta frágil, inventarios tensos y comercio distorsionado. En 2025, varias minas clave enfrentaron interrupciones, y el mercado no tuvo un “colchón” cómodo para absorberlas. Mining.com citó ejemplos que pesan en la narrativa del cobre: Grasberg, en Indonesia, y Kamoa-Kakula, en República Democrática del Congo. Cuando estas operaciones tropiezan, el mercado no solo pierde toneladas. También pierde confianza en los calendarios de producción.
Ese nerviosismo se reactivó con un evento reciente en Chile. Una huelga en Mantoverde se sumó a la lista de sobresaltos y, según el análisis citado por el medio, alentó más actividad especulativa. El punto no es solo Mantoverde como cifra aislada. El punto es el efecto dominó en un mercado que ya se siente apretado. Un estratega de Marex describió el impulso como una puja liderada por dinero especulativo, con participantes que ven más recorrido alcista en el primer trimestre de 2026.
Aquí conviene decirlo sin dramatismos, pero con claridad: el cobre no tiene sustitutos fáciles en gran parte de la electrificación. El metal está en cableado, transformadores, motores y sistemas de potencia. También aparece en centros de datos, en redes de transmisión y en baterías, aunque en estas últimas compite en ciertas aplicaciones. Mining.com recordó esa amplitud de usos, y por eso el mercado reacciona con rapidez cuando percibe riesgos de suministro.
La demanda estructural no sale de una moda, sino de infraestructura física. La Agencia Internacional de Energía ha descrito un ciclo de fuerte crecimiento del consumo eléctrico global, impulsado por electrificación y nuevas cargas. En su análisis de electricidad, estima un aumento relevante en 2024 y prevé crecimiento robusto en los años siguientes. Más electricidad significa más redes, y más redes suelen significar más cobre.
Reuters también ha reportado cómo la expansión de redes eléctricas y la electrificación presionan la demanda del metal, y cómo distintos pronósticos ven alza en usos vinculados a vehículos eléctricos. El mercado toma esas narrativas como un piso. Luego mira la oferta y pregunta algo muy simple: ¿quién pone las toneladas a tiempo y con qué certidumbre?
Del lado de la oferta, el sector carga un historial conocido: proyectos complejos, permisos largos, costos crecientes, conflictos laborales y exigencias socioambientales más estrictas. Eso no invalida la minería. La obliga a operar mejor y a comunicar mejor. Cuando las empresas invierten en seguridad, en estabilidad comunitaria y en eficiencia energética, reducen el riesgo operativo que hoy el mercado castiga con primas de precio. Ese es el lado menos vistoso del récord, pero también el más útil para entenderlo.
El componente comercial, sin embargo, explica buena parte de la tensión reciente. Mining.com señala que la amenaza renovada de aranceles en Estados Unidos llevó a los traders a aumentar envíos hacia ese país, y eso recortó suministros disponibles en otras regiones. El propio texto menciona que una investigación de aranceles ya había sacudido al mercado en 2025 y empujó precios en Nueva York a máximos.
Esa dinámica no se queda en titulares. UBS, citado por el mismo medio, aportó un dato que sirve para dimensionar la distorsión: Estados Unidos concentraría alrededor de la mitad de los inventarios globales, pese a representar menos de 10% de la demanda mundial. Ese desequilibrio cambia flujos y crea escasez “regional” aunque el balance global parezca más holgado en papel.
Cuando el mercado teme que falte metal “aquí y ahora”, lo refleja en la estructura de precios. Mining.com menciona backwardation en el spread cash a tres meses en Londres, una señal típica de estrechez de corto plazo. En paralelo, Reuters ha descrito cómo el mayor flujo hacia Estados Unidos puede vaciar disponibilidad en otros puntos y tensionar esos diferenciales.
La política arancelaria estadounidense alimenta ese comportamiento de acopio. Reuters reportó en 2025 el anuncio de un arancel de 50% sobre cobre, con el objetivo de impulsar desarrollo doméstico en una industria considerada crítica. La Casa Blanca también publicó una ficha sobre acciones para atender riesgos de seguridad nacional asociados a importaciones de cobre, con medidas arancelarias sobre productos semiterminados y derivados. El mercado, ante ese tipo de señales, suele adelantarse con compras y reacomodos logísticos.
En este contexto, no sorprende que algunos análisis ya hablen de déficit para 2026. Mining.com cita a analistas de China Securities que proyectan una escasez superior a 100,000 toneladas ese año. Reuters, por su parte, informó que el International Copper Study Group revisó su visión hacia un déficit de 150,000 toneladas en 2026, tras ajustar expectativas de producción y considerar interrupciones. No todos los modelos coinciden, pero el mercado sí coincide en algo: el margen de error se redujo.
Para América Latina, el récord tiene dos lecturas. La primera es obvia: un precio alto mejora ingresos y justifica inversiones, siempre que los costos no se disparen al mismo ritmo. La segunda es más política: el cobre se vuelve tema de estrategia industrial, no solo de minería. Chile y Perú concentran buena parte de la conversación por su peso productivo. Pero México no mira esto como espectador distante. La manufactura mexicana, integrada a Norteamérica, depende de cables, componentes eléctricos y equipos que usan cobre. Si Estados Unidos tensiona su mercado con aranceles o acopio, los impactos pueden colarse por toda la cadena.
Aquí aparece el punto que a veces se pierde: la minería responsable no solo abastece mercados. También estabiliza cadenas de suministro. En un mundo con más electrificación y más infraestructura digital, un suministro confiable reduce costos para industrias aguas abajo. Eso favorece empleo, inversión y competitividad. El precio récord, entonces, no debería leerse como celebración simple. Debe leerse como una señal para acelerar proyectos bien hechos, con permisos claros, estándares altos y relaciones comunitarias sólidas.
Para México, la conversación se conecta con inversión minera, permisos, energía para operación y logística. Si el país quiere capturar más valor en Norteamérica, necesita certidumbre regulatoria y electricidad suficiente para industria y minería. La paradoja es conocida: todos quieren redes modernas, pero pocos quieren la mina cerca. El camino razonable no pasa por negar impactos. Pasa por exigir mejores prácticas, medirlas y sancionar incumplimientos, mientras se permite que la oferta crezca.
El mercado ya puso el precio sobre la mesa. Los 13,000 dólares por tonelada en Londres resumen la tensión entre lo que el mundo quiere construir y lo que la oferta puede entregar sin tropiezos. Las huelgas, los eventos operativos y la política comercial se mezclaron en el arranque de 2026. Y, mientras los inventarios sigan concentrados y los flujos sigan distorsionados, el cobre seguirá cobrando una prima por certidumbre.

