La industria minera en México enfrenta una creciente preocupación por su régimen fiscal. Según la Cámara Minera de México (Camimex), el país se ha convertido en una de las jurisdicciones más onerosas para la operación minera en América Latina, superando en carga tributaria a naciones como Perú, Chile y Brasil. Esta situación ha generado señales de alerta entre inversionistas, analistas del sector y autoridades locales, debido a sus posibles efectos sobre la competitividad y la atracción de capital en el largo plazo.
Durante el periodo de 2016 a 2020, las empresas mineras en México pagaron más de 161 mil millones de pesos en impuestos y derechos, de acuerdo con cifras de Camimex. Esta cantidad incluye el Impuesto sobre la Renta (ISR), el derecho especial sobre minería y otras contribuciones específicas aplicadas al sector. El porcentaje que representa respecto a las utilidades antes de impuestos —alrededor de 52.7 %— es considerablemente más alto que en otras jurisdicciones mineras relevantes.
El informe de PwC para la industria minera global confirma que la carga fiscal efectiva en México puede alcanzar niveles que superan el 55 %, dependiendo del tipo de proyecto y de su localización geográfica. Este porcentaje es superior al 41 % estimado para Chile y al 47 % reportado en Perú, dos países que han mantenido un nivel de atracción de inversiones mucho más dinámico en la última década.
La imposición fiscal al sector no se limita a los tributos federales. Existen también derechos mineros anuales, impuestos locales y contribuciones sociales que incrementan la carga operativa de las compañías. A esto se suma la reciente iniciativa del gobierno federal para eliminar la deducibilidad de varios gastos de exploración minera, una medida que podría restringir aún más la viabilidad de nuevos proyectos en etapa inicial.
Desde el gobierno federal, el argumento es claro: se busca que la minería contribuya de manera justa al desarrollo del país, especialmente en aquellas regiones donde se extraen recursos sin que exista una derrama económica suficiente para las comunidades. No obstante, la industria sostiene que ya cumple con aportaciones sustanciales y que se requieren incentivos adecuados para mantener la exploración y el crecimiento del sector.
El debate no es menor. En 2023, la inversión extranjera directa (IED) en minería mostró una caída frente a años anteriores, tendencia atribuida en parte a la incertidumbre fiscal y regulatoria. La Cámara Minera de México advirtió que, de mantenerse estas condiciones, el país podría perder competitividad frente a otras naciones con recursos minerales similares y regímenes fiscales más estables y predecibles.
Expertos en política tributaria sostienen que una carga fiscal elevada no necesariamente implica un mayor beneficio para el Estado. En sectores intensivos en capital como la minería, lo que determina el éxito de una política impositiva es su equilibrio: debe generar ingresos públicos, pero sin asfixiar la rentabilidad del negocio ni desalentar la inversión. En este sentido, destacan esquemas como el chileno, que ha introducido mecanismos de regalías variables vinculadas a los precios internacionales del cobre, permitiendo una mayor recaudación en ciclos de precios altos, sin comprometer la rentabilidad en contextos de baja.
En México, los intentos por ajustar el marco fiscal del sector no han ido acompañados de una estrategia clara para fomentar la exploración, modernizar el catastro minero ni garantizar seguridad jurídica a largo plazo. La incertidumbre jurídica y fiscal ha sido uno de los factores más mencionados por las empresas que han detenido proyectos o reorientado su inversión hacia otras regiones.
A pesar de este panorama, la minería mexicana sigue siendo un sector clave para la economía nacional. Representa más del 2.5 % del PIB nacional y genera más de 400 mil empleos directos. Además, es uno de los principales motores económicos en estados como Sonora, Zacatecas, Durango y Chihuahua. El país ocupa posiciones de liderazgo en la producción mundial de plata, oro, cobre y zinc.
Desde una perspectiva económica, el desafío consiste en preservar el equilibrio entre recaudación fiscal y competitividad. El Estado requiere ingresos sólidos para impulsar programas sociales, infraestructura y seguridad; pero también necesita atraer capital, tecnología y proyectos sostenibles que generen empleos de calidad y bienestar en las regiones mineras.
La minería en México ha sido históricamente un sector de alto riesgo y alta inversión. Si se elevan las cargas fiscales sin un acompañamiento institucional que mejore la certeza jurídica, el país podría comprometer su potencial geológico. La exploración, etapa fundamental en la cadena de valor minera, requiere condiciones estables para desarrollarse. Sin nuevas exploraciones, no hay nuevos yacimientos. Y sin estos, la producción futura se estanca.

