Desde que el equipo de estrategas de Bank of America afirmó que “la inteligencia artificial devora materias primas”, quedó claro que los recursos mineros avanzan hacia un nuevo lugar en las carteras globales. Esta declaración no es mero titular: se inscribe en una visión estratégica donde el futuro tecnológico exige insumos que antes pasaban por alto.
La lógica es sencilla pero poderosa. Las grandes tecnológicas se han convertido en referentes para quienes buscan exposición al crecimiento estructural. Sin embargo, BofA sugiere que una combinación inteligente —tecnología + materias primas— puede ofrecer un camino menos saturado, con potencial de diversificación y menor correlación frente al alza o caída de los gigantes del software o hardware.
El foco principal recae en el cobre. Este metal ya forma parte del tejido de la infraestructura energética: cables, circuitos, redes eléctricas, y ahora centros de datos. BofA considera que el auge de los centros de datos impulsados por IA intensificará la demanda de cobre, lo que podría desencadenar un ajuste estructural de precios. Según BloombergNEF, el uso de cobre en IA podría llegar a un promedio de 400 mil toneladas métricas anuales en la próxima década, alcanzando picos de 572 mil toneladas para 2028. En conjunto, se estima que el consumo derivado del despliegue masivo de centros de datos rebasará los 4.3 millones de toneladas.
Mientras tanto, el crecimiento de la oferta minera no logra seguir el ritmo de la demanda proyectada. Bloomberg estima que la producción global de cobre podría llegar a 29 millones de toneladas para 2035, cifra que estaría claramente por debajo del consumo anticipado. En un escenario de tensión entre oferta y demanda, BofA prevé que los precios del cobre podrían alcanzar los US$13,500 por tonelada para 2028.
Más allá del cobre, la recomendación de BofA apunta en general hacia empresas del sector de recursos (minerales, metales, energía). En su opinión, estos activos pueden ofrecer a los inversionistas una forma más económica y diversificada de participar en el auge de la IA, en contraste con los megacapitales tecnológicos, que muchas veces ya cotizan con primas elevadas. El razonamiento subyacente no es especulativo: las demandas físicas de datos, computación y electrificación teclean sobre insumos reales.
Desde una perspectiva minera —que es también mi interés profesional— este enfoque merece reconocimiento. La minería no es solo extracción, es habilitación de infraestructuras esenciales. En México, por ejemplo, contamos con reservas de cobre, litio y otros minerales críticos que podrían insertarse con ventaja si se alinean los planteamientos regulatorios, la seguridad jurídica y los esquemas de inversión adecuados. En ese sentido, la apuesta de BofA podría empujar capitales hacia regiones con potencial geológico y estabilidad institucional.
Pero no todo es color de rosa. El riesgo gira en torno al tiempo de ejecución: proyectos mineros requieren años para desarrollarse, permisos ambientales y permisos sociales. Si la demanda por IA crece demasiado rápido, puede ocurrir un desfase entre lo que se necesita y lo que puede entregarse. Además, la volatilidad de los precios de los commodities siempre está latente: una recesión global, cambios en políticas comerciales o avances tecnológicos disruptivos pueden alterar las previsiones.
En mi análisis, la recomendación de BofA no es una invitación a la especulación impetuosa, sino una señal para que inversionistas institucionales y gobiernos reconsideren el papel estratégico de los recursos minerales frente al impulso tecnológico global. La minería tiene un asiento en la mesa de la transformación digital, si se sabe gestionar la transición con visión y responsabilidad.

