Cuando Cleveland‑Cliffs (CLF) anunció recientemente que está explorando dos depósitos de tierras raras en Michigan y Minnesota, se ganó titulares en la industria minera y manufacturera. El jefe ejecutivo, Lourenço Gonçalves, lo señaló durante la presentación de resultados del tercer trimestre como un paso para que la empresa amplíe su rumbo más allá de la producción de mineral de hierro y del acero.
Recuerdo que hace unos años, en una visita de campo al cinturón minero del norte de Minnesota, los mineros me contaban que la infraestructura existente —las vías férreas, los “haul trucks”, las plantas de trituración— muchas veces permitía pensar en nuevas aplicaciones más allá del hierro. En este caso, Cleveland‑Cliffs parece estar tomando esa lógica: aprovechar lo que ya tiene para explorar un nicho estratégico: las tierras raras.
El anuncio tiene varios ángulos relevantes. Primero, sitúa a la empresa en lo que muchas economías consideran un asunto de seguridad nacional: el suministro de minerales críticos. Gonçalves lo resumió citando que “la manufactura estadounidense no debe depender de China ni de otra nación extranjera para minerales esenciales”. Segundo, la jugada no es meramente discursiva, pues el mercado reaccionó con fuerza: las acciones de la empresa aumentaron alrededor del 23 % tras el anuncio.
Desde la perspectiva de la generación de valor, la iniciativa representa una forma inteligente de diversificación. En un entorno en que la minería del hierro enfrenta presiones (precios, regulaciones, competencia global), la exploración de tierras raras abre una veta distinta, tanto geológica como geoestratégica. Pero ojo: la viabilidad comercial todavía no está definida. El propio Gonçalves aclara que están trabajando con geólogos para determinar si los depósitos son comercialmente aprovechables.
La localización de los hallazgos en Michigan y Minnesota es significativa porque ambas zonas ya tienen actividad minera o infraestructura asociada. Esto reduce parte del riesgo frente a desarrollar un proyecto completamente nuevo desde cero. Pero también hay retos técnicos y de mercado: la extracción y procesamiento de tierras raras suele ser más complejo que la minería de hierro, implicando etapas químicas de separación, purificación, y logística diferente. Aunque no todos esos detalles se exponen en la nota original, el contexto de la industria nos dice que el camino no será automático.
Desde el punto de vista de México, este tipo de movimientos en Estados Unidos tienen implicaciones: refuerzan la presión para que los países latinoamericanos que poseen depósitos de minerales críticos aumenten su competitividad en extracción, procesamiento y valor agregado. En el caso de México, donde la minería metálica tiene una larga tradición, el ejemplo de Cleveland‑Cliffs puede servir de estímulo para explorar minerales menos convencionales, más allá de oro, plata o cobre, y más hacia elementos estratégicos para la transición energética y tecnológica.
También conviene subrayar el efecto en la cadena manufacturera: las tierras raras se utilizan en imanes permanentes de alta tecnología, turbinas eólicas, vehículos eléctricos, electrónica, defensa, etc. Aumentar la producción doméstica en EE.UU., además de tener implicaciones económicas, fortalece una postura de seguridad nacional frente a proveedores dominantes como China.
Naturalmente, la minería‑productiva que se inaugure debe manejar los aspectos ambientales con rigor. En esta línea, la empresa tiene la ventaja de arrancar desde una base minera ya establecida, lo que podría facilitar la adaptación de estándares, permisos y tecnologías limpias. Mi opinión personal es que este proyecto de Cleveland‑Cliffs puede convertirse en un ejemplo de minería moderna que conjuga beneficio económico, inserción en cadenas de valor estratégicas y responsabilidad ambiental. No obstante, el éxito dependerá de que confirme la calidad del depósito y logre un procesamiento eficiente.

