Desde que escuché en un foro minero sobre el potencial explosivo del litio, aprendí que muchas veces la historia de los metales estratégicos se escribe en medio de conflictos geopolíticos. Hoy, ese escenario repite su guion con las tierras raras. Las acciones de este grupo de minerales se dispararon tras un nuevo cruce arancelario entre Estados Unidos y China, lo que reaviva temores por la cadena global de suministro y genera oportunidades para productores alternativos.
El detonante fue una amenaza directa de Donald Trump: aplicar aranceles drásticos a productos chinos en respuesta a nuevas restricciones que Pekín planea imponer sobre sus exportaciones de minerales críticos. Esa confrontación revitalizó apuestas sobre proveedores fuera de China, empujando al alza los precios de las cotizaciones mineras.
En los mercados australianos, empresas como Arafura Rare Earths ascendieron hasta un 27 %, su máximo en más de dos años. Lynas Rare Earths ganó hasta 8,5 %, Iluka 6,3 %, incluso Australian Strategic Materials se disparó 42 %. Al mismo tiempo, en Estados Unidos, MP Materials recibió impulso del respaldo del Departamento de Defensa y alcanzó su cierre más alto histórico. En China también hubo revalorizaciones: firmas como JL Mag Rare‑Earth y China Northern Rare Earth registraron avances de 10 % o más.
Estas alzas no ocurren en el vacío: desde abril, cuando China amenazó con controles sobre siete tierras raras, las expectativas de interrupciones han alimentado la preferencia inversora por proveedores alternativos. Ahora Pekín planea expandir esas medidas a más minerales y productos que contengan incluso trazas mínimas, lo que intensifica la inquietud global.
En paralelo, Australia evalúa un plan para establecer una reserva estratégica de minerales por 1 200 millones de dólares australianos (~ 782 millones de dólares), como parte de un pacto con EE. UU. La idea busca mitigar la dependencia de China en momentos de alta tensión comercial.
El mercado presupone que esta disputa podría desencadenar reordenamientos estructurales. Los gobiernos occidentales podrían intensificar subsidios, invertir en cadenas locales de procesamiento o alentar alianzas con países mineros emergentes. Y aquí radica una oportunidad para naciones como México: con reservas de elementos críticos, si se estructuran políticas y asociaciones estratégicas, podrían integrarse a esas cadenas alternativas.
Por supuesto, no todo es certidumbre ni optimismo. China domina la refinación a escala global. Romper esa supremacía implicará retos técnicos, económicos y regulatorios considerables. Pero la crisis actual obliga al mundo a repensar su dependencia y ofrece espacio para que nuevos actores emergentes ganen terreno.
Esta disputa no solo moviliza mercados de valores: redefine el mapa geoestratégico de la minería moderna. En medio del ruido geopolítico, queda claro: quien controle el metal podrá influir en el futuro energético y tecnológico.

