A veces, el camino a la grandeza empieza con una paradoja. Argentina, con algunos de los depósitos de cobre más prometedores del planeta, no produce una tonelada del metal rojo desde el cierre de la mina Alumbrera en 2018. Sin embargo, eso podría cambiar de forma radical. En un auditorio del Council of the Americas en Buenos Aires, el presidente ejecutivo de Glencore en el país, Martín Pérez de Solay, lanzó una declaración que sacudió al sector minero: sus proyectos El Pachón y Agua Rica podrían producir un millón de toneladas de cobre en un plazo de 10 a 15 años.
El anuncio no es menor. Glencore, una de las mayores mineras del mundo, con sede en Suiza, presentó esta semana su solicitud para incluir ambos proyectos en el Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI), una política clave del Gobierno argentino para atraer capitales. La inversión estimada para El Pachón y Agua Rica asciende a 13.500 millones de dólares. No solo se trata de cifras impresionantes, sino también de una promesa de reactivación económica para provincias clave como San Juan y Catamarca.
El ejecutivo explicó que la propuesta al RIGI contempla una producción inicial combinada de 500,000 toneladas de cobre. Pero lo más emocionante es que El Pachón, ubicado en la Cordillera de los Andes en San Juan, podría duplicar ese volumen. En otras palabras, solo este proyecto podría alcanzar medio millón de toneladas por sí solo.
La magnitud de lo que está en juego se hace evidente cuando se analiza el contexto global. Pérez de Solay resaltó que, de materializarse los siete proyectos de cobre más importantes del país, Argentina podría generar 2 millones de toneladas del metal rojo en los próximos diez años. ¿Por qué esto importa? Porque el cobre se ha convertido en el alma de la transición energética: autos eléctricos, infraestructura para energías renovables y centros de datos dependen de él. La electromovilidad y el crecimiento exponencial del consumo digital han disparado la demanda del mineral.
Y es aquí donde el tiempo juega a favor de Argentina. El país ha estado ausente del mercado del cobre durante años, lo que significa que cualquier tonelada que produzca ahora será considerada ganancia neta. Además, el ejecutivo de Glencore fue claro en señalar que el cobre argentino podría ingresar al mercado justo cuando los precios del commodity estén en niveles históricamente altos.
En términos económicos, la apuesta no podría ser más relevante. Pérez de Solay calculó que producir 2 millones de toneladas de cobre requerirá entre 35,000 y 45,000 millones de dólares de inversión en la próxima década. Lo interesante es que dos tercios de ese capital se quedarían en Argentina. Esto representa una oportunidad única para equilibrar la balanza de pagos, mejorar la disponibilidad de divisas y generar desarrollo en regiones muchas veces postergadas.
Las cifras de exportación proyectadas también son contundentes. Con los precios actuales del cobre, esas 2 millones de toneladas podrían representar 20,000 millones de dólares anuales en exportaciones. De ese total, el 60% permanecería en el país, distribuyéndose entre las provincias productoras y la cadena de suministro nacional.
Además del potencial de El Pachón, Agua Rica –situada en Catamarca– también juega un papel estratégico. Se trata de un proyecto maduro, con estudios avanzados y una ubicación que facilita su integración con infraestructura ya existente. Su desarrollo podría complementarse con otros proyectos cercanos, generando un ecosistema minero robusto en el noroeste argentino.
Este resurgimiento no es casual. El actual marco normativo, con el RIGI como punta de lanza, busca enviar una señal clara a los inversores: Argentina quiere minería, necesita minería y está dispuesta a generar condiciones para su florecimiento. En un país donde la escasez de dólares suele marcar la agenda económica, el cobre aparece como una tabla de salvación real y palpable.
A esto se suma el contexto internacional. Mientras que países tradicionalmente productores como Chile y Perú enfrentan desafíos sociales, ambientales o regulatorios que frenan nuevas inversiones, Argentina se presenta como una alternativa viable para suplir la creciente demanda mundial. Es una ventana de oportunidad que, como toda ventana, no estará abierta para siempre.
Desde una mirada más amplia, el impacto de esta nueva era del cobre argentino va más allá de lo económico. Hablamos de encadenamientos productivos, creación de empleo calificado, innovación tecnológica y, sobre todo, una nueva narrativa sobre lo que significa el desarrollo regional. San Juan y Catamarca, provincias con tradición minera pero con desafíos estructurales, pueden transformarse en polos dinámicos de crecimiento.
Pero el camino no estará exento de retos. La minería en Argentina aún enfrenta una percepción pública ambivalente, marcada por casos pasados y falta de información. Será clave que empresas como Glencore apuesten por la transparencia, el diálogo abierto con las comunidades y los más altos estándares ambientales. La licencia social para operar no se compra: se construye, día a día.
Con todo, las condiciones están dadas. La combinación de riqueza geológica, necesidad económica, marco normativo favorable y demanda internacional posicionan a Argentina como el próximo gran jugador del cobre. Y si El Pachón y Agua Rica cumplen su promesa, no solo cambiarán el perfil exportador del país, sino que demostrarán que, con visión y decisión, es posible recuperar el terreno perdido.
Porque cuando el cobre argentino vuelva a brillar, no será solo un triunfo de la minería. Será una historia de resiliencia, de oportunidades bien aprovechadas, y de cómo un país puede reescribir su destino apostando a lo que mejor sabe hacer: extraer valor de sus entrañas para construir futuro.

