En las entrañas montañosas de Antioquia, Colombia, donde por décadas el oro ha sido tanto bendición como maldición, una empresa canadiense está desafiando el guion tradicional de la minería a gran escala. Aris Mining Corp., con respaldo del inversionista Frank Giustra, ha decidido tender puentes con miles de mineros artesanales que operan en la región, en lugar de expulsarlos.
Este enfoque no es solo inusual; es estratégico. Mientras otras empresas consideran a los pequeños extractores como una amenaza o una complicación, Aris los ve como aliados. En su operación más importante, la mina de Segovia, cerca de 2,500 mineros artesanales ya participan en acuerdos formales que les permiten operar con apoyo técnico y financiero. A cambio, venden su producción directamente a la empresa. Esta colaboración ya representa el 45% del oro que sale de Segovia, de acuerdo con Neil Woodyer, CEO de Aris Mining.
Colombia ha sido históricamente un país complicado para la minería. A pesar de su potencial geológico, los problemas de informalidad, violencia y minería ilegal han limitado el desarrollo pleno del sector. Los altos precios del oro han disparado la actividad de grupos criminales en busca de una tajada del lucrativo negocio. En muchos casos, estas organizaciones obtienen más ganancias del oro ilegal que del narcotráfico.
Ante ese panorama, la estrategia de Aris se distingue. Lejos de alimentar el conflicto, ha optado por integrarse a la realidad local. En lugar de desplazar, se ha sumado. En Marmato, su otra mina colombiana, incluso hay mineros artesanales que operan dentro de los mismos túneles de la empresa. En un proyecto nuevo, aún sin nombre público, Aris prevé destinar hasta el 20% de su capacidad a estas alianzas, con la expectativa de superar su objetivo de duplicar la producción anual a 500,000 onzas.
En conversación con Bloomberg, Woodyer explicó que la empresa pone sobre la mesa su conocimiento técnico, mientras que los mineros artesanales aportan su arraigo y relaciones con las comunidades. El resultado, dice, es una mejora tangible en la “licencia social” de la operación.
No se trata solo de filantropía. La apuesta ha sido rentable. En los últimos seis meses, las acciones de Aris han subido 91%, el mejor desempeño entre sus pares, alcanzando una capitalización bursátil de 1.5 mil millones de dólares. Parte de ese éxito se atribuye a la estabilidad que ha logrado en regiones complejas gracias al respaldo de las comunidades locales.
A pesar de ello, la empresa no es ajena al conflicto. El auge del oro ilegal, alimentado por grupos armados y mafias locales, sigue representando una amenaza. Por eso, Aris trabaja activamente con las autoridades para desarticular redes ilegales. El matiz importante es que distingue entre mineros informales —que carecen de permisos, pero no están ligados al crimen organizado— y aquellos claramente criminales. Los primeros son sus socios. Los segundos, sus enemigos comunes.
Este modelo contrasta notablemente con el de otros actores internacionales, como el grupo chino Zijin Mining, que adquirió la mina Buriticá en 2020. En esa zona, las tensiones han escalado hasta llegar a episodios de violencia. La falta de una integración efectiva con la población local ha complicado la operación.
Woodyer sostiene que sus aliados artesanales incluso funcionan como barrera frente a los grupos ilegales, porque ofrecen una alternativa viable y legal a los trabajadores locales. “Nuestros socios están contra los malos. Nos ayudan a defendernos porque les quitan fuerza a los ilegales”, afirma.
Aunque poco frecuentes, estas colaboraciones no son inéditas. Ghana, en África Occidental, ha ensayado modelos similares con resultados mixtos. Sin embargo, el caso colombiano parece destacar por la escala y formalización de los acuerdos.
El nacimiento de Aris Mining en 2021 fue el resultado de la fusión entre Aris Gold y GCM Mining. Detrás del proyecto está una constelación de figuras clave de la minería mundial. Frank Giustra, conocido por su apoyo a proyectos de impacto social, es uno de los principales financiadores. Ian Telfer, arquitecto de Goldcorp, preside el consejo de administración. El fondo soberano de inversión Mubadala, de Emiratos Árabes Unidos, también participa como inversor.
En un país donde la minería ha sido fuente de conflicto, pero también de empleo y desarrollo, el modelo de Aris ofrece una alternativa que combina eficiencia empresarial con responsabilidad social. Más allá de las cifras de producción, el éxito se mide también en la estabilidad que logra en zonas históricamente difíciles y en la capacidad de reconciliar la gran minería con la economía popular.
¿Podría este modelo replicarse en otras partes de América Latina? Tal vez. Pero requiere voluntad, paciencia y una lectura realista del entorno. La minería, cuando se hace bien, puede transformar territorios. Aris Mining está demostrando que, incluso en terrenos complicados, es posible construir algo más que minas: se pueden construir alianzas.

